Hayao Miyazaki nos ha regalado cielos infinitos a lo largo de su carrera. Desde los planeadores en Nausicaä hasta las naves de Porco Rosso, el vuelo ha sido siempre su metáfora favorita para la libertad, la infancia y la magia. Sin embargo, en Se levanta el viento (Kaze Tachinu), el director japonés aterriza sus fantasías en la dura realidad histórica para entregarnos su película más madura, melancólica y, quizás, incomprendida. Esta no es una fábula de fantasía; es un lienzo biográfico sobre Jiro Horikoshi, el hombre que diseñó los aviones de combate japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, y una desgarradora reflexión sobre la belleza corrompida por el destino.

Pedro Almodóvar lleva décadas transformando sus obsesiones, dolores y fantasmas en patrimonio del cine mundial. Sin embargo, con Amarga Navidad, el director manchego da un paso hacia un terreno mucho más áspero y descarnado que de costumbre. Si en Dolor y Gloria el ejercicio de la autoficción (mezclar la biografía del autor con la ficción) se sentía como una reconciliación nostálgica con el pasado, aquí el tono es de una honestidad casi incómoda. Almodóvar no busca seducirnos; busca cuestionar el costo ético y emocional de devorar la realidad para alimentar al arte.

El cine chileno contemporáneo ha encontrado en el desierto nortino un lienzo infinito para filmar la soledad, pero pocas veces ese territorio hostil y agrietado se había transformado en un escenario de resistencia tan devastador como en La misteriosa mirada del flamenco. El largometraje debut de Diego Céspedes, ampliamente elogiado en el circuito internacional, no es solo un drama de época; es una fábula lírica y feroz sobre el nacimiento del miedo y los bordes donde el afecto se convierte en un acto de valentía suicida.

El cine de terror contemporáneo parece obsesionado con intelectualizar el miedo. Buscamos traumas generacionales, metáforas sobre el duelo o alegorías políticas detrás de cada sombra en la pantalla. Por eso, encontrarse con una propuesta como Dolly, dirigida por Rod Blackhurst (Here Alone), se siente como un cubetazo de agua fría... o mejor dicho, de leche rancia. Blackhurst prescinde de los discursos elegantes y nos arroja de cabeza a un pozo de inmundicia física y psicológica que apela directamente al estómago.

Hay algo intrínsecamente terrorífico en las carreteras solitarias. Kilómetros de asfalto rodeados de nada, donde la civilización se reduce al habitáculo de tu vehículo y la radio es tu única compañía. El director noruego André Øvredal (The Autopsy of Jane Doe, Trollhunter) lo sabe perfectamente, y en El pasajero del diablo, transforma la idílica fantasía de la van life —la aventura juvenil de recorrer el mundo en furgoneta— en un infierno claustrofóbico sobre ruedas.

Hay películas que no necesitan gritar para desgarrar. Se instalan en el espectador a través de los silencios, de la humedad del paisaje y de las miradas fijas que buscan respuestas en el horizonte. Después de la niebla, la obra de Miriam Heard Bey, es precisamente ese tipo de cine: un relato pausado, íntimo y profundamente arraigado en el sur de Chile, donde el paisaje no es solo un telón de fondo, sino un espejo del alma de su protagonista.

Lo que comenzó en 2019 como una imagen borrosa en un hilo de 4chan sobre "espacios que se sienten mal" se ha transformado, en 2026, en una obra maestra del horror analógico. La película de Parsons logra lo que muchos dudaban: dotar de una narrativa humana a un concepto que, por definición, se basa en la ausencia de personas.

Hubo un tiempo en que el cine dictaba las reglas y la televisión se alimentaba de sus sobras. Hoy, en un giro del destino digno de la mismísima Fuerza, la gran pantalla parece depender de la señal de streaming para recordar cómo se cuenta una historia que divierta a las masas. El estreno de The Mandalorian & Grogu marca el regreso de Star Wars a las salas tras siete años de sequía cinematográfica, y lo hace apostando a la segura: la dinámica de "padre e hijo" más rentable de la galaxia.

Existe un viejo dicho en el cine de terror que dice que no hay nada más peligroso que un hombre desesperado con acceso a lo sobrenatural. El director Curry Barker lo sabe, y con su aclamado debut cinematográfico Obsesión, ha tomado el gastadísimo clásico literario de "La pata de mono" (el clásico “cuidado con lo que deseas”) para transformarlo en una de las pesadillas psicológicas más incómodas, retorcidas y fascinantes de los últimos años.

El cine de terror lleva años buscando nuevas formas de perturbarnos, pero a menudo olvida que el miedo más primitivo no nace de los monstruos con garras, sino de la pérdida absoluta de control sobre nuestra realidad. ¿Qué pasa cuando lo cotidiano se rompe? Exit 8 toma esa premisa y la lleva al extremo, transformando un simple transbordo en el metro en un laberinto psicológico del que es casi imposible escapar.

Hay películas que se ven con los ojos, y hay otras que se experimentan con todos los sentidos. El cine de Hayao Miyazaki pertenece, sin duda, a este segundo grupo, pero es en Ponyo y el secreto de la sirenita donde esa capacidad de evocación alcanza un punto de pura efervescencia. Volver a sumergirse en esta obra de Studio Ghibli no es solo revisar un clásico de la animación; es recordar cómo se sentía el mundo cuando todavía creíamos en la magia oculta detrás de las olas.

A primera vista, la premisa de Umamusume: Pretty Derby podría parecer, para el espectador casual, una curiosidad más del vasto universo del anime: chicas con orejas y colas de caballo que compiten en carreras de velocidad y luego ofrecen conciertos idols. Sin embargo, reducirla a eso sería cometer un error de novato. Detrás de la estética colorida y la música pop, se esconde una de las historias deportivas más emocionantes, respetuosas y épicas que el cine de animación nos ha entregado recientemente.