En la era de la visibilidad forzada y la validación a golpe de like, la pregunta "¿Valgo la pena?" se ha convertido en el latido ansioso de una generación. Hemos delegado la evaluación de nuestro ser a métricas ajenas, a la opinión fugaz de un algoritmo o a la aprobación esquiva de un entorno que rara vez se detiene a mirar de verdad. El costo de esta dependencia es la fragilidad del alma: cuando la fuente externa de nuestro aprecio se ausenta, o cuando un pilar esencial —un padre, un mentor— se pierde, nos enfrentamos al vacío aterrador de creer que nuestro valor se ha ido con ellos.
La tecnología ha dado un salto cuántico: de la simple conexión Wi-Fi a la comprensión emocional. Un ejemplo pionero es el ecosistema LG ThinQ, que comenzó en 2011 como una herramienta de control remoto y diagnóstico básico. Hoy, 14 años después, ha evolucionado hacia la "Inteligencia Artificial Afectiva”.
Creo que las frases más simples son a menudo los espejos más complejos del alma. Tomemos la sencilla sentencia: "Me encanta la forma en que piensas." Este elogio, aparentemente inocuo, trasciende la mera aprobación social para convertirse en una profunda declaración de validación intelectual y afectiva.