Pedro Almodóvar lleva décadas transformando sus obsesiones, dolores y fantasmas en patrimonio del cine mundial. Sin embargo, con Amarga Navidad, el director manchego da un paso hacia un terreno mucho más áspero y descarnado que de costumbre. Si en Dolor y Gloria el ejercicio de la autoficción (mezclar la biografía del autor con la ficción) se sentía como una reconciliación nostálgica con el pasado, aquí el tono es de una honestidad casi incómoda. Almodóvar no busca seducirnos; busca cuestionar el costo ético y emocional de devorar la realidad para alimentar al arte.