A finales de los años noventa, mientras el cine de animación miraba con fascinación el nacimiento de los primeros píxeles digitales, Brad Bird dio vida a una obra de arte que se siente como el último gran testimonio de la fisicidad analógica. El gigante de hierro no es solo una fábula pacifista impecable o un homenaje al cine de ciencia ficción de la Guerra Fría; es una película que posee una textura texturizada y corpórea casi extinta. A través de un uso magistral del contraste entre la naturaleza y la maquinaria, la cinta activa nuestros cinco sentidos para recordarnos lo que significa estar vivos.