Hay películas que marcan la historia del cine por sus logros técnicos, y hay otras que se convierten en mitos porque transformaron la forma en que el público experimenta la fantasía. A casi un siglo de su estreno, El Mago de Oz (Victor Fleming) sigue siendo el estándar de oro de la magia cinematográfica. Su secreto no radica únicamente en las pegajosas melodías o en el icónico viaje de Dorothy, sino en su revolucionaria capacidad para despertar los sentidos del espectador, sacándolo de la monotonía de la realidad para sumergirlo en una experiencia física, vibrante y desbordante de texturas.