El cine de terror actual suele pecar de impaciente. En una era dominada por el susto fácil, los ruidos estridentes y los monstruos digitales que lo explican todo, encontrarse con una película que confía en el silencio, la atmósfera y el peso psicológico de sus personajes es casi un milagro. Por eso, lo nuevo de Damian McCarthy, Hokum: La Maldición de la Bruja, se siente como un soplo de aire helado y sumamente necesario.