Cuando Kung Fu Panda (John Stevenson y Mark Osborne) llegó a las salas de cine a finales de la década de los dos mil, muchos esperaban una comedia simplona sobre un animal gordo haciendo chistes de caídas. Lo que nos encontramos, sin embargo, fue un homenaje bellísimo, respetuoso e hiper texturizado al cine de artes marciales clásicas de los hermanos Shaw y el wuxia. El verdadero triunfo de esta obra maestra de DreamWorks radica en su fisicidad: es una película que se experimenta con el estómago, con los puños y con la piel. A través de un uso extraordinario de la atmósfera del Valle de la Paz, la cinta activa nuestros cinco sentidos para demostrarnos que el camino de la iluminación no es abstracto; se puede saborear, oler y tocar.