Hay una razón por la cual La Bella y la Bestia hizo historia al convertirse en la primera película de animación nominada al Óscar a Mejor Película. Más allá de su impecable estructura de cuento de hadas o de su inolvidable banda sonora, la obra maestra de Kirk Wise y Gary Trousdale es un triunfo de la atmósfera. El castillo de la Bestia no es solo un dibujo en la pantalla; es un espacio denso, húmedo, crujiente y gótico que se mete por la piel. Volver a este clásico es confirmar que su magia permanece intacta porque está construida sobre un mapa sensorial que despierta nuestros recuerdos más físicos.