A finales de los años ochenta, Disney se encontraba en una encrucijada histórica. La respuesta a sus plegarias llegó desde el fondo del mar. La Sirenita (John Musker y Ron Clements) no solo salvó al estudio de la animación de la irrelevancia; redefinió el musical cinematográfico moderno. Sin embargo, más allá de las pegajosas melodías de Alan Menken y Howard Ashman, el verdadero triunfo de esta obra maestra radica en su increíble elocuencia sensorial. La película es un festín húmedo, vibrante y texturizado que utiliza los cinco sentidos como el verdadero puente para conectar dos mundos aparentemente irreconciliables.