A principios de los dos mil, en medio de una transición turbulenta hacia la animación digital, Disney dio vida a una de sus películas más íntimas, excéntricas y desgarradoras. Lilo & Stitch no es solo una aventura espacial sobre el experimento genético más peligroso del universo; es una deconstrucción profunda del duelo, la orfandad y las familias disfuncionales. El milagro de esta cinta radica en su asombrosa calidez orgánica. Mientras que la ciencia ficción suele apostar por la frialdad del metal, los directores Chris Sanders y Dean DeBlois nos encierran en una versión de Hawái que se siente viva, húmeda y táctil. La película asalta nuestros cinco sentidos para recordarnos que pertenecer a un lugar es, ante todo, una experiencia física.