El año 2010 nos regaló una de las anomalías más brillantes y subestimadas del cine de animación digital. Opacada injustamente en su estreno por otros villanos carismáticos, Megamente (Tom McGrath) ha envejecido como un vino de autor, transformándose en una película de culto para los amantes de la narrativa de superhéroes. Su guión es una deconstrucción implacable de los tropos del bien y el mal, pero lo que realmente ancla esta sátira en la memoria es su apabullante identidad sensorial. Megamente es una película ruidosa, brillante y táctil que utiliza los cinco sentidos para marcar la transición de su protagonista: un viaje que va desde el espectáculo artificial y coreografiado de la rivalidad pública hasta la íntima y vulnerable calidez de la redención real.