A finales de los años noventa, Disney alcanzó una de sus cumbres narrativas más maduras y épicas con Mulán (Barry Cook y Tony Bancroft). La historia de la joven que se disfraza de guerrero para salvar a su padre suele analizarse desde su potente discurso sobre la identidad, el deber y la subversión de los roles de género. Sin embargo, el verdadero vehículo que hace que esta epopeya cale tan hondo en el espectador es su asombrosa fisicidad. Mulán no es una fábula lejana; es una película texturizada, táctil y sonora que nos sumerge en los contrastes de la antigua China, balanceando la delicadeza ritual del hogar con la brutal aspereza del frente de batalla a través de los cinco sentidos.