En el año 2001, DreamWorks Animation no solo estrenó una película; detonó una revolución cultural. Shrek (Andrew Adamson y Vicky Jenson) llegó a los cines para dinamitar el canon de los cuentos de hadas edulcorados que Disney había cimentado durante décadas. Pero lo que convirtió a este ogro verde en un icono inmortal no fue solo su guión satírico o su humor irreverente, sino su extraordinaria audacia sensorial. Shrek es una película visceral que se experimenta con el estómago; una obra que subvierte deliberadamente las texturas, los sonidos y los aromas idílicos del género para demostrarnos que la verdadera magia puede ser deliciosamente imperfecta, ruidosa y apestosa.