A finales de la década de los noventa, Disney culminó su década más gloriosa con una demostración de poderío técnico y madurez narrativa sin precedentes. Tarzán (Kevin Lima y Chris Buck) no fue solo una adaptación más de la inmortal novela de Edgar Rice Burroughs; fue un milagro biológico y cinético en la pantalla. A través de la revolucionaria tecnología Deep Canvas, que permite a los animadores crear fondos tridimensionales con la textura de pinturas al óleo, la película se transformó en una experiencia hiperrealista. Tarzán es un filme que no se mira desde la distancia; se respira, se padece y se toca. Es una obra maestra que utiliza los cinco sentidos para sumergirnos en el instinto animal y en el choque eléctrico que ocurre cuando la naturaleza más salvaje se encuentra cara a cara con la civilización.