Hay películas que no se ven; se experimentan a través de los sentidos. Cuando Oliver Stone estrenó The Doors en 1991, no buscaba hacer un documental biográfico tradicional ni una cronología pulcra de la banda; buscaba atrapar la esencia dionisíaca, caótica y poética de los años sesenta y, sobre todo, de su chamán indiscutido, Jim Morrison. Hoy, con el lanzamiento de The Doors: The Final Cut, esa experiencia psicodélica regresa restaurada y pulida, demostrando que el mito, lejos de envejecer, ha ganado una nueva e hipnótica capa de profundidad.