En el cine contemporáneo, la saturación de diálogos a menudo anestesia nuestra capacidad de sentir. Por eso, volver a WALL•E (Andrew Stanton) a casi dos décadas de su estreno sigue siendo una experiencia tan reveladora. La primera mitad de la película es un prodigio de la narrativa visual que prescinde casi por completo de la palabra hablada. ¿Cómo logra entonces conmovernos de una forma tan profunda? La respuesta está en su extraordinaria sensibilidad para activar nuestros cinco sentidos, transformando un montón de chatarra oxidada y un planeta moribundo en una experiencia táctil, sonora y profundamente humana.