El sentido común es, paradójicamente, el más huérfano de los sentidos. Solemos invocarlo como si fuera un suelo firme que todos pisamos, una brújula innata que nos protege del ridículo y de la crueldad. Pero al observar el pulso de nuestra sociedad actual, tan veloz, tan ruidosa, tan empeñada en la superficie, se hace evidente una verdad incómoda: el sentido común se ha vuelto un artículo de lujo, el menos común de los sentidos.
La infancia debería oler a tierra mojada después de la lluvia, a lápices de cera, a fruta fresca madurada al sol y al refugio seguro de unas sábanas limpias. Debería ser un espacio donde el tiempo no se mide en horas, sino en la distancia de una carrera o en la altura de un salto. Sin embargo, cuando la guerra y la incertidumbre trazan las líneas del mapa, la niñez es obligada a crecer de golpe, a saltarse los capítulos más bellos de la existencia para aprender las reglas brutales de la supervivencia.