Vivimos atrapados en la tiranía de las pantallas y las imágenes, que nos insisten en que la luz es un destello que ilumina un paisaje y la oscuridad es un vacío donde no hay nada que ver. Al hacerlo, la cultura visual reduce el día y la noche a una simple cuestión de encendido y apagado. Pero se equivocan profundamente. La luz y la oscuridad no necesitan de las pupilas para existir; se manifiestan de forma rotunda en todo el entorno. Para quien experimenta la realidad desde la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, ambas son experiencias táctiles, acústicas y biológicas. Son el latido del mundo.