El turismo moderno insiste en que la montaña es un espectáculo visual: el color del cielo en la cumbre, la silueta de los picos nevados o la inmensidad del horizonte recortada contra el sol. Nos hacen creer que la recompensa de subir está en lo que capta la cámara. Pero se equivocan. Reducir la cordillera a la mirada es dejar la experiencia a la intemperie. Para quien percibe la realidad con la agudeza y la honestidad de los otros sentidos, dar un paseo por la montaña es una conquista física, un diálogo muscular con la inclinación de la tierra y un cambio radical en la pureza del aire. La montaña no se mira: se escala y se respira.