El ser humano, en su afán visual, suele describir el viento a través de sus consecuencias: el movimiento de las copas de los árboles, el ondear de una bandera o el polvo que se levanta en el camino. Pero el viento, en su esencia más pura, es invisible para todos. Nadie ha visto jamás el viento; solo podemos sentirlo. Para quien percibe el mundo sin el filtro de los ojos, este elemento no es un misterio, sino un lenguaje cotidiano, una presencia viva que redibuja el espacio a cada segundo.