En el año 2010, una nueva firma irrumpió en el monopolio de la animación con una propuesta que apostaba por el humor físico de los dibujos animados clásicos (looney tunes) combinado con una estética de espionaje retro. Gru: mi villano favorito (Pierre Coffin y Chris Renaud) se convirtió en un éxito planetario instantáneo. Sin embargo, detrás del carisma amarillo de los Minions y el ingenio de los artefactos de maldad, se esconde una película que se experimenta con el cuerpo. El verdadero triunfo del filme radica en cómo utiliza el mapa sensorial para trazar el deshielo emocional de su protagonista: un viaje que transita de la rigidez fría y metálica de la villanía hacia la calidez blanda, ruidosa y caótica de la paternidad.