Vivimos en la era de la plantilla. Un tiempo donde el algoritmo, la tendencia de moda y la presión social nos empujan sutilmente hacia una homogeneización estética, moral y de pensamiento. Nos susurran que la seguridad reside en el promedio, en la réplica, en ser una versión ligeramente mejorada de lo que ya existe. Pero la verdadera riqueza del espíritu, la luz que realmente ilumina la contingencia—ese paisaje a veces sombrío de lo predecible—, reside precisamente en lo que nos hace distintos: nuestra innegociable individualidad.