La literatura y el cine nos han acostumbrado a pensar en el fuego como un espectáculo visual: el carmín de las llamas, las chispas doradas que ascienden hacia la noche, el resplandor que ilumina los rostros. Pero el fuego es, ante todo, una experiencia física y arrolladora. Para quien percibe el mundo sin el mapa de los ojos, el fuego no es un color; es una presencia viva, un pulso de calor y movimiento que transforma todo lo que toca.