La vida nos enseña que el camino de la superación y el potencial nunca es una senda solitaria. En la vorágine de la contingencia—ese mercado de juicios constantes donde los sueños pequeños suelen morir silenciosamente—, la verdadera fortaleza no radica en nuestra individualidad, sino en la calidad del anclaje humano que hemos elegido. Hablo de los amigos del alma, la familia que escogemos, quienes deben ser mucho más que un refugio; deben ser una plataforma de lanzamiento.