Vivimos en un mundo diseñado por y para la dictadura de los ojos. Las ciudades se planifican como mapas visuales llenos de letreros, luces y obstáculos arquitectónicos que asumen que todo el mundo navega la realidad a través de las pupilas. Cuando se habla de "inclusión", la mayoría de la gente imagina una rampa o un ascensor con botones llamativos, reduciendo la accesibilidad a un mero trámite óptico. Pero la verdadera inclusión no se ve: se experimenta en la piel, en el ritmo de los pasos y en la tranquilidad con la que el cuerpo habita el espacio. Para quien percibe el mundo desde la agudeza de los otros sentidos, un espacio inclusivo es aquel que no te agrede, no te interrumpe y te permite avanzar con la frente en alto.