En la historia del cine fantástico, son escasas las ocasiones en que una locación trasciende su función de mero telón de fondo para convertirse en la verdadera protagonista narrativa de una película. El caso de la mansión victoriana de Hechizo de amor (Practical Magic, 1998) es quizás uno de los ejemplos más rotundos de las últimas décadas. Diseñada por la diseñadora de producción Robin Standefer (quien años más tarde fundaría el aclamado estudio de diseño Roman and Williams), la residencia de la familia Owens no solo albergó la trama: moldeó la atmósfera, la sensibilidad botánica y el mito de la brujería costumbrista que hoy se mantiene como un objeto de culto visual.