Reconocer lo que sentimos, saber cómo nos impacta y cómo impactamos a los demás parece obvio, pero ¿cuántos líderes realmente lo practican? En el trabajo vemos de todo: el jefe que presume de “trabajar bien bajo presión”, cuando, en realidad, lo único que hace es intoxicar a su equipo con su ansiedad; o el gerente que acepta un cargo porque el sueldo era irresistible, para terminar dos años después repitiendo: “Estoy aburrido, esto no era lo mío”.