No hay herida más invisible y, a la vez, más ruidosa que la de un corazón roto. Es un dolor que no se ve en una radiografía, pero que se siente en cada inhalación, en el nudo de la garganta y en esa extraña sensación de que el mundo sigue girando mientras tú te has quedado suspendida en un tiempo que ya no existe. Si hoy estás leyendo esto con los ojos cansados y el alma en carne viva, quiero que sepas que tengo claro que te duele, y que ese dolor no es una señal de derrota, sino de tu inmensa capacidad de haber amado.
Sanar no es "olvidar" ni "superar" como quien salta un obstáculo. Sanar es aprender a caminar de nuevo con una nueva geografía interna. Aquí te dejo unas palabras que buscan ser un abrigo para tu proceso.
I. El derecho a la fragilidad: No te pidas ser fuerte todavía
Vivimos en un mundo que nos exige una resiliencia inmediata, una sonrisa para la foto y un "estoy bien" como respuesta automática. Pero hoy, mi primer consejo es que te des el permiso de no estar bien.
La nostalgia es el eco de una felicidad que ya no tiene casa, y es natural que busques refugio en ella. Llora la pérdida de los planes que no fueron, de los apodos que ya nadie dirá y de la persona que fuiste al lado de quien se fue. No puedes reconstruirte si antes no te permites aceptar que, por ahora, estás en ruinas. La lluvia es necesaria para que la tierra vuelva a ser fértil.
II. Pequeños faros para navegar la ausencia
Cuando la oscuridad es mucha, no intentes ver el final del camino; solo intenta ver el siguiente paso. Aquí hay algunas formas suaves de empezar a recoger tus pedazos:
El silencio como medicina (Contacto Cero): No lo veas como un acto de orgullo, sino como un acto de piedad hacia ti misma. Cada vez que buscas su nombre o miras sus fotos, le estás pidiendo a tu herida que sangre de nuevo. Regálate el beneficio del silencio; la ausencia es la única que permite que la presencia de tu propia voz vuelva a escucharse.
Vuelve a los sentidos: Cuando la mente nos atrapa en el pasado, el cuerpo es nuestra ancla. Siente el agua caliente en la ducha, el aroma del café por la mañana, la textura de una manta suave. Son pequeñas señales de que sigues aquí, de que estás viva y de que eres capaz de sentir otras cosas además de dolor.
La lista de la realidad: La memoria es una mentirosa que solo nos recuerda los besos y las risas. Escribe, aunque te cueste, las razones por las que no funcionó. Las veces que te sentiste sola estando acompañada, las grietas que intentaste ignorar. Lee esa lista cuando la nostalgia intente convencerte de que todo era perfecto.
III. Tres promesas de amor propio para tus mañanas
Te invito a que, al despertar, te regales estas tres certezas. No son fórmulas mágicas, son semillas de esperanza:
"Prometo no ser mi propia enemiga": Dejaré de culparme por lo que hice o dejé de hacer. Amé con lo que sabía en ese momento, y eso es suficiente.
"Prometo cuidar mi ritmo": No me compararé con nadie. Si hoy solo pude levantarme y respirar, habré ganado la batalla del día. Mi sanación no tiene fecha de vencimiento.
"Prometo que volveré a reír por mí misma": Algún día, mi risa no será una máscara, sino un reflejo de que he vuelto a encontrar mi propio centro. Yo soy mi hogar más seguro.
La belleza de las cicatrices
Hay una forma de belleza que solo conocen quienes han sido rotos y se han vuelto a armar. Es una belleza más profunda, más consciente y mucho más resistente. Tu corazón no será el mismo de antes, es cierto: será uno que sabe lo que es el fuego y, aún así, decide seguir latiendo.
Hoy, respira. Mañana, da un paso. Estás volviendo a ti, y ese es el viaje más importante de tu vida.