Curioso, ¿no? Hablamos constantemente de liderazgo, de cultura organizacional y de compromiso, pero seguimos evitando una conversación incómoda: la cantidad de líderes que aún gestionan personas desde el miedo. No desde el grito ni la humillación explícita, sino desde una amenaza sutil, perfectamente legal, cuidadosamente camuflada. No levantan la voz, no insultan, no cruzan límites evidentes. Y, aun así, gobiernan desde el miedo.

En un mundo que nos exige vivir a un ritmo de montaje frenético, donde la identidad parece una sucesión de cortes rápidos y estridencias, existe un acto de rebeldía silenciosa: la contemplación. Si el caos es un desfile de ruidos, la sanación es un plano secuencia largo, pausado y bañado por una luz suave que no busca deslumbrar, sino acompañar.

En la era de la sobreestimulación, el cine y la narrativa visual han dejado de ser un río que fluye plácidamente para convertirse en un océano de fragmentos. El uso de técnicas narrativas no lineales y el montaje frenético no son solo decisiones de estilo; son espejos de una psique moderna que ya no procesa la vida como una secuencia, sino como un colapso de momentos simultáneos.

A veces, la identidad se siente como una prenda de ropa que ha dejado de quedarnos bien. Caminamos por el mundo intentando sostener un "yo" sólido, una narrativa coherente que conecte lo que fuimos ayer con lo que deberíamos ser mañana. Sin embargo, hay días —esos días grises donde el valor propio parece disolverse— en los que descubrimos la gran verdad que la psicología y el arte siempre han sabido: la identidad no es una roca, es un proceso.

En la psicología profunda, se dice que el dolor más grande no viene de la tristeza, sino de la resistencia a sentirla. Cuando llegan esos "días difíciles" donde el valor propio parece una moneda devaluada, el error más común es intentar forzar una sonrisa que no existe. La estética de la vida no siempre es simétrica ni brillante; a veces, la belleza reside en el claroscuro, en la capacidad de habitar el vacío sin dejarse consumir por él.

La primera película de Five Nights at Freddy’s fue una introducción necesaria, pero la secuela ha logrado algo que pocas adaptaciones de videojuegos consiguen: transformar el jump scare (el susto repentino) en una angustia existencial profunda. En esta entrega, la pizzería no es solo un escenario, es un purgatorio mecánico.

Los recientes casos de suplantación de identidad en notarías del país exponen una dura realidad: en Chile, aún es posible firmar una escritura pública sin que el notario valide verdaderamente la identidad del firmante.

Partí el mes de enero viendo una cifra que me emocionó: el 42% de las personas en Chile están dispuestas a probar una alimentación vegana este enero. Casi la mitad del país. Eso no es una moda pasajera, es un reflejo de que algo está cambiando profundamente en cómo entendemos nuestra relación con la comida, con los animales, y con el planeta.

En el complejo ecosistema de Zootopia, Gazelle no es simplemente una estrella del pop; es una figura arquetípica. Si Nick y Judy lidian con la psique individual, Gazelle opera en el nivel de la psicología de las masas. En Zootopia 2, su música deja de ser un fondo festivo para convertirse en la medicina emocional de una ciudad al borde del colapso.

Si la primera entrega de Zootopia fue un estudio sobre la sociología del prejuicio, la segunda parte es un viaje directo al inconsciente de sus protagonistas. En esta secuela, Disney abandona la superficie para preguntarse: ¿Qué cicatrices quedan cuando el héroe debe enfrentarse a su propia sombra?

Hace más de quince años, un fenómeno cinematográfico aterrizó en las salas de cine con un filtro azul y una premisa sobrenatural. Sin embargo, más allá de la recaudación en taquilla o la arquitectura modernista de los Cullen, el legado más persistente de Crepúsculo (2008) reside en su guión.

Vivimos en la era de la atención fragmentada. Nuestro cerebro, bombardeado por algoritmos diseñados para la adicción, está perdiendo la capacidad de sostener la mirada y, por ende, de habitar la profundidad. En este contexto, propongo que el cine de autores como Oliver Laxe, Andrei Tarkovsky o Abbas Kiarostami deje de ser visto solo como un objeto de estudio académico para convertirse en una herramienta de bienestar psicológico.