Pia Arismendi

Vivimos en la era de la atención fragmentada. Nuestro cerebro, bombardeado por algoritmos diseñados para la adicción, está perdiendo la capacidad de sostener la mirada y, por ende, de habitar la profundidad. En este contexto, propongo que el cine de autores como Oliver Laxe, Andrei Tarkovsky o Abbas Kiarostami deje de ser visto solo como un objeto de estudio académico para convertirse en una herramienta de bienestar psicológico. 


Hablo de una "terapia de la mirada" que nos devuelva la soberanía sobre nuestro propio tiempo. 


I. El Retorno al Ritmo Biológico 


La primera necesidad humana que cubre este cine es la de la desaceleración. Psicológicamente, estamos "desincronizados": nuestro ritmo interno no puede seguir el paso de la tecnología. 


Un taller de apreciación cinematográfica basado en la trascendencia funciona como un metrónomo emocional. Al sentarnos frente a un plano largo de Sirat o Stalker, obligamos al sistema nervioso a salir del estado de "alerta" (el fight or flight de las redes sociales) para entrar en un estado de contemplación. Es una forma de neuro-plasticidad estética: enseñamos al cerebro a disfrutar del "no-suceso", reduciendo la ansiedad y el cortisol que genera la búsqueda constante de estímulos. 


II. La Mirada como Acto Ético   


Como hemos discutido antes, la era digital ha erosionado nuestra empatía. El cine trascendental ofrece un antídoto: el reconocimiento de la presencia. En estos talleres, el ejercicio no es "analizar la trama", sino "sostener la mirada"


Cuando aprendemos a mirar una piedra, un árbol o el rostro arrugado de un anciano en una película de Kiarostami durante tres minutos seguidos, estamos practicando la atención plena (mindfulness). Esta capacidad de observación profunda se traslada luego a nuestra vida cotidiana: quien aprende a ver la belleza en lo mínimo de una película, desarrolla la sensibilidad para ver la humanidad en el extraño en la calle. Es pasar del "consumo de imágenes" al "encuentro con el ser". 


III. El Taller: Un Laboratorio de la Intimidad 


Propongo que estos talleres se estructuren como espacios de resistencia colectiva. No se trata de dar respuestas, sino de aprender a formular preguntas. 


El Silencio Compartido: Ver una película difícil en grupo y habitar el silencio posterior es una experiencia de comunidad poderosa. Nos recuerda que no estamos solos en nuestra búsqueda de sentido. 


La Escritura como Espejo: Utilizar la palabra para describir qué sentimos ante el vacío de una escena ayuda a cartografiar nuestra geografía interna. Es una herramienta de autoconocimiento que utiliza la imagen como catalizador. 


Recobrar la Cualidad Humana 


Como especialista en las carencias del ser humano, veo que nos estamos quedando vacíos de misterio. El cine de la trascendencia es el último refugio de lo inefable. 


Utilizar estas obras en talleres de bienestar no es una excentricidad; es una necesidad vital. Si logramos que una persona recupere la capacidad de maravillarse ante la luz que atraviesa una habitación en una escena de Laxe, le estamos devolviendo la capacidad de maravillarse ante su propia vida. Estamos, en última instancia, rescatando esa cualidad humana que se nos está escapando: la de estar presentes, despiertos y profundamente vivos.

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