Pia Arismendi

A veces, la identidad se siente como una prenda de ropa que ha dejado de quedarnos bien. Caminamos por el mundo intentando sostener un "yo" sólido, una narrativa coherente que conecte lo que fuimos ayer con lo que deberíamos ser mañana. Sin embargo, hay días —esos días grises donde el valor propio parece disolverse— en los que descubrimos la gran verdad que la psicología y el arte siempre han sabido: la identidad no es una roca, es un proceso. 


La tiranía del recuerdo nítido   


Vivimos obsesionados con la fidelidad del recuerdo. Creemos que valemos en la medida en que nuestros logros pasados estén presentes. Pero el recuerdo, estéticamente hablando, funciona más como una pintura impresionista que como una fotografía forense. Psicológicamente, el exceso de memoria puede ser una prisión. 


Si recordamos cada fallo y cada herida con nitidez absoluta, el peso sería insoportable. Por eso, el olvido y la distorsión son mecanismos de defensa. Debemos permitir que nuestros recuerdos se vuelvan difusos, que tengan esa estética de "bordes perdidos", porque solo en esa falta de definición queda espacio para que algo nuevo crezca. 


El derecho a ser un sueño   


Solemos despreciar el sueño como algo irreal, pero el sueño es el único espacio donde permitimos que nuestra identidad sea fluida. En un sueño puedes ser el héroe, el villano, el agua o el viento. ¿Por qué nos exigimos una rigidez tan absoluta en la vigilia? 


Cuando sentimos que "no valemos la pena", a menudo es porque nuestra identidad está chocando contra una expectativa demasiado rígida de lo que deberíamos ser. En esos momentos, deberíamos adoptar la estética del sueño: permitirnos la incoherencia, aceptar que somos seres mutables. La salud psicológica no reside en ser siempre el mismo, sino en tener la capacidad de navegar nuestras múltiples versiones. 


La identidad como obra en construcción   


La identidad es, en última instancia, una curaduría de fragmentos. Somos un collage de personas que ya no existen. Si hoy sientes que el espejo no te devuelve una imagen clara, no es porque no valgas; es porque estás en el proceso de "desmantelamiento" necesario para una nueva reconstrucción. 


Desde una mirada estética, hay una belleza profunda en las estructuras inacabadas, en los bocetos y en las ruinas. Hay más verdad en una identidad que se reconoce frágil que en una que se finge inquebrantable. 


Epílogo para el alma   


No somos el resultado final de nada; somos el movimiento entre el recuerdo que nos sostiene y el sueño que nos proyecta. Perderse en ese laberinto no es un error de sistema, es la esencia de estar vivos. Mañana serás un recuerdo distinto, y hoy eres el sueño de alguien que aún no conoces: tú misma en el futuro. 


Aceptemos, entonces, nuestra propia naturaleza de humo. Porque el humo, aunque parezca frágil, es capaz de elevarse y llenar espacios que lo sólido nunca podría alcanzar.

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