La frase de Elphaba, la Bruja Mala del Oeste antes de serlo, no es un simple diálogo; es la cicatriz de un destino y el manantial de una revolución. En su aparente sencillez, resuena la más profunda de las tensiones humanas: la que existe entre la resignación, ese ancla de plomo que inmoviliza el alma, y la ferocidad del intento, la chispa divina que nos recuerda que estamos vivos.
Hay frases que, envueltas en gasa de purpurina y pronunciadas por labios que parecen sonreír eternamente, resuenan con una gravedad que desarma. La de Glinda, la Bruja Buena, podría parecer inicialmente un simple comentario de camerino de cuento de hadas. Pero detengámonos: "Cumplir tus sueños es raro. Complicado. Hay un precio que hay que pagar. Y cosas que hay que soltar."
Llega diciembre y con él ese torbellino de compromisos que parece no tener fin. Cierres laborales, actos escolares, compras de regalos, reuniones familiares y balances personales se combinan en una agenda que exige más de lo que muchas veces podemos dar. No es casualidad que, para gran parte de las personas, el fin de año se convierta en una etapa de sobrecarga emocional y cansancio acumulado.
En los últimos años, Chile ha sido testigo de una verdadera revolución silenciosa: la forma en que pagamos está cambiando a una velocidad vertiginosa. Lo que antes implicaba sacar la billetera y contar billetes o buscar una tarjeta, hoy se resume en un simple toque en la pantalla del celular. Este cambio, impulsado principalmente por los Millennials y la Generación Z, refleja mucho más que una preferencia tecnológica; es una transformación cultural en torno al consumo, la confianza digital y la sostenibilidad.
A medida que se acerca diciembre, los días parecen más cortos y las exigencias más largas. Los estudiantes enfrentan el cierre del año académico con exámenes, proyectos y presentaciones que no admiten demora. A eso se suman las actividades sociales, las expectativas familiares y la presión de cumplir metas antes de que termine el calendario. Todo este torbellino tiene un costo que va más allá del cansancio: el corazón también siente el estrés.
Vivimos en una época marcada por la polarización: política, social, cultural y hasta empresarial. En este contexto, los liderazgos duros y personalistas parecen encontrar terreno fértil, apoyándose en la confusión, la sobreexposición a información en redes sociales y, en muchos casos, en la pérdida de criterio de quienes no han fortalecido su propio liderazgo interno.