La frase de Elphaba, la Bruja Mala del Oeste antes de serlo, no es un simple diálogo; es la cicatriz de un destino y el manantial de una revolución. En su aparente sencillez, resuena la más profunda de las tensiones humanas: la que existe entre la resignación, ese ancla de plomo que inmoviliza el alma, y la ferocidad del intento, la chispa divina que nos recuerda que estamos vivos.
Vivimos rodeados de muros. Algunos son de ladrillo y concreto; la mayoría, sin embargo, son espectros invisibles: el pasado inmutable, el prejuicio arraigado, la estructura social inflexible. "Hay cosas que no puedo cambiar," admite Elphaba con la sabiduría amarga de quien ha nacido con la piel verde, una condena visual, un exilio permanente. Esta primera mitad de la sentencia es el soterrado suspiro de la aceptación, el reconocimiento de las leyes de la física, de la historia, o de las cadenas biológicas que nos atan. Es el peso de la gravedad sobre nuestros hombros.
Pero la columna vertebral de esta frase se endereza con la conjunción adversativa: "Pero." Es en este pequeño, poderoso vocablo donde reside la alquimia de la esperanza. El "pero" no niega la verdad anterior; la trasciende. Es el momento en que la oruga, reconociendo que no puede cambiar su naturaleza de crisálida, se niega a cambiar su voluntad de volar.
La segunda parte, "si no lo intento nunca lo sabré," es un acto de fe atea. Es la negación de la rendición como estado natural. Intentar no es garantizar el éxito; es garantizar la información. Es convertir la duda paralizante en un conocimiento, ya sea el del triunfo o el de la derrota.
Cada intento fallido no es un paso atrás; es un diagnóstico certero. Es descorrer un velo, aunque lo que revele sea la sombra. Es empuñar una antorcha en la caverna de las posibilidades. Porque, ¿qué peor prisión puede existir que aquella que hemos construido con la madera de las suposiciones y los clavos del miedo? El no-intento es un conocimiento negativo: "Sé que fracasaré porque nunca lo hice." Es una profecía autocumplida de la parálisis.
Elphaba nos enseña que el intento es la única moneda de cambio que poseemos contra la tiranía del statu quo. Es el grito de quien se lanza a nadar en un mar que sabe indomable, no para domarlo, sino para saber hasta dónde llega su propia brazada. Es el germen de cada innovación, de cada reforma social, de cada acto de valentía personal.
No podemos cambiar el color de nuestra piel, pero podemos cambiar lo que ese color significa. No podemos borrar un error del pasado, pero podemos reescribir su significado en el presente. La grandeza no reside en la victoria asegurada, sino en la decisión de enfrentarse al muro más alto, sabiendo que quizás solo logremos dejar una huella dactilar en el cemento. Pero esa huella es la prueba de que no aceptamos nuestro destino sin pelear. Y en esa lucha, en esa ferocidad del intento, nos volvemos verdaderamente, y terriblemente, libres.
Elixir Verde y Rosa: Cuando el Otro Nos Nombra
La frase cuelga en el aire como un orbe de cristal pulido: "Sea cual sea la forma en que terminan nuestras historias. Sé que tú reescribiste la mía solo por ser mi amiga". No es solo un diálogo extraído de las entrañas de Wicked, el musical que nos enseñó a ver la maldad en matices de verde; es un manifiesto existencial destilado hasta su esencia más pura. Es la verdad incómoda y gloriosa de que el guion de nuestra vida no es un texto sagrado, sino un borrador perpetuo, editado a cuatro manos.
La sociedad nos vende la épica del héroe solitario, del arquitecto que, con cincel y martillo en mano, talla su propio destino. Pero esta frase de Elphaba y Glinda —la bruja marginada y la dama de la popularidad— desmantela ese mito con la delicadeza de una pluma. Nos susurra que la verdadera alquimia del ser no reside en el aislamiento heroico, sino en la contaminación sagrada de las almas.
Elphaba, la piel color esmeralda, siempre estuvo predestinada a ser el punto final de una condena: "La Malvada Bruja del Oeste". Su historia era un riel de acero, frío y lineal, trazado por el prejuicio y el miedo. Pero la llegada de Glinda, con su rubia ingenuidad y su ambición vestida de burbuja, no fue un desvío, fue un terremoto fundacional. Glinda no le dio un nuevo camino; le dio unos ojos nuevos con los que ver su propio potencial.
Aquí reside el poder metafórico de la declaración: reescribir no es borrar; es iluminar. Un amigo no llega para anular nuestros errores, sino para inyectar significado a los párrafos más oscuros. Es esa mano invisible que subraya una cualidad que creíamos una tara, que traduce nuestro rugido de dolor en un canto de fortaleza.
El amigo verdadero es nuestro editor más perspicaz: señala la errata que el mundo cree nuestro carácter, y nos devuelve el texto con el brillo de la mayúscula en el nombre propio.
En este intercambio, vemos que la amistad es el acto más radical de profecía auto-cumplida positiva. Glinda miró a la paria verde y vio, no una amenaza, sino una pensadora, una activista, una alma solitaria. Al verla así, forzó a Elphaba a ensayar ese papel. Elphaba, a su vez, obligó a Glinda a descender de su pedestal de superficialidad, a encontrar la columna vertebral debajo del corsé de encaje.
Nuestras historias, las que contamos al mundo y las que nos contamos a nosotros mismos, son a menudo una suma de las heridas y los halagos de quienes nos rodean. Pero la amistad, la auténtica, actúa como un elixir que purifica la narrativa. Nos libera del cliché de ser "la víctima" o "el villano" para darnos la complejidad de ser, simplemente, humano.
Cuando las cortinas caen y la música se apaga, no importa si logramos el éxito que se nos prometió o si caemos en el olvido. Lo que resonará hasta el final es el eco de esas voces que se negaron a aceptar la primera versión de nosotros. Las que, con su sola presencia, nos dieron permiso para ser la mejor versión no solo de la historia, sino de la persona.
La lección de Elphaba y Glinda es simple, pero cala hondo: si queremos un final digno, debemos primero agradecer a quienes, con su amor incondicional, tuvieron la valentía de reescribir nuestro comienzo.