Pia Arismendi

Existe un lugar, a mitad de camino entre lo que fuimos y lo que imaginamos, donde la lógica se rinde ante la estética del vacío. En la intersección del recuerdo, la identidad y el sueño, se despliega un paisaje psicológico que define nuestra existencia, no por lo que recordamos con precisión, sino por las grietas que dejamos entre una imagen y otra. 


I. El Recuerdo: La Estética de la Ruina   


Psicológicamente, el recuerdo no es un archivo estático, sino un proceso de reconstrucción creativa. Cada vez que evocamos un momento, lo alteramos. Visualmente, el recuerdo tiene una estética de bordes suaves y luz difusa; es una fotografía que se decolora con el sol. 


Desde la psicología cognitiva, recordamos para sobrevivir, pero desde la estética, recordamos para dar sentido al caos. El recuerdo es nuestra curaduría personal: elegimos qué fragmentos de nuestro pasado conservar para decorar el presente. Sin embargo, ¿qué sucede cuando la memoria nos falla? Aparece la melancolía, esa "belleza de estar triste", que nos recuerda que somos seres construidos sobre cimientos que ya no existen físicamente. 


II. El Sueño: El Laboratorio de la Fluidez   


Si el recuerdo es una fotografía vieja, el sueño es un metraje surrealista en 4K. Es el espacio donde la identidad se desprende de sus anclas. En el sueño, como bien nos enseñó Satoshi Kon, la fluidez es la norma: podemos ser el observador y el observado simultáneamente. 


Bajo el análisis de la profundidad, el sueño es el único lugar donde la identidad se permite ser incoherente. Es el lenguaje del inconsciente expresándose a través de símbolos visuales: un desfile de objetos imposibles, una habitación que se expande, un rostro que cambia. El sueño es la "estética de lo imposible", un recordatorio de que nuestra mente es mucho más vasta y extraña de lo que nuestra identidad social nos permite admitir durante el día. 


III. La Identidad: El Espejo Fragmentado   


La identidad es el hilo que intenta coser el recuerdo con el sueño. Es un acto de fe. Nos decimos "yo soy esta persona" porque recordamos haberlo sido ayer y soñamos con serlo mañana. Pero la psicología nos advierte que la identidad es, en esencia, una narrativa performática. 


Estéticamente, la identidad se asemeja a un collage. Somos una mezcla de rostros que hemos amado, libros que hemos leído y traumas que hemos sobrevivido. Es un proceso de kintsugi espiritual: intentamos pegar nuestras piezas rotas con el oro de nuestras experiencias, creando algo que es más bello por haber estado quebrado. 


La Arquitectura de lo Invisible   


En última instancia, el recuerdo, el sueño y la identidad forman la arquitectura invisible que nos sostiene. No somos una línea recta, sino un círculo que se expande. Entender que nuestra identidad es tan volátil como un sueño y tan frágil como un recuerdo no debería asustarnos; al contrario, debería liberarnos. 


Somos el espacio donde estas tres dimensiones convergen. Somos el sueño que recuerda ser alguien, y él alguien que sueña con recordar.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.