Por Ramón Rada, gerente de Operaciones de Soilfe.
El Índice Mundial de Innovación de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) acaba de entregarnos una señal que debiéramos mirar con atención. Si bien Chile mantuvo el puesto 51 en el ranking general, retrocedió del lugar 63 al 70 en el indicador de resultados, que mide la capacidad del país para transformar sus recursos y capacidades en conocimiento, tecnología y creatividad.
La paradoja es evidente. Chile tiene capacidades para generar conocimiento, pero enfrenta dificultades para convertirlo en innovación con impacto económico. El problema parece radicar en el engranaje que conecta la investigación con la empresa y el mercado.
De ahí que necesitemos modelos vinculantes de largo plazo que permitan que proveedores, empresas mineras y centros de investigación compartan riesgos y capturen el valor de la innovación. No basta con desarrollar una tecnología. Hay que probarla, pilotearla, implementarla y lograr que encuentre un mercado.
Esta brecha entre conocimiento e implementación también se observa en la forma en que la industria incorpora nuevas tecnologías. En Soilfe hemos sido parte de ese proceso, acercando a Chile soluciones que responden a desafíos concretos de la operación minera, como el acuñador 100% eléctrico y las baterías portátiles que permiten disponer de energía eléctrica en lugares donde no existe conexión a la red.
Esto nos ha llevado a reflexionar sobre cómo integrar las tecnologías a las condiciones reales de una faena, ponerlas a prueba y generar evidencia concreta de su aporte en seguridad, productividad, eficiencia energética y reducción de emisiones. Ese es, precisamente, el paso que necesitamos dar: que la innovación salga del catálogo o del laboratorio y encuentre un espacio real donde demostrar su valor.
En este sentido, Chile debería avanzar, por ejemplo, hacia la creación de un gran centro de I+D+i minero público-privado, orientado no solo al desarrollo y pilotaje de nuevas tecnologías, sino también a explorar oportunidades que pueden convertirse en nuevas industrias para el país. Tenemos desafíos y recursos que requieren conocimiento específico: tierras raras y minerales críticos, reconversión de antiguas cuencas carboníferas, desarrollo sustentable y tecnológico asociado a turberas, nuevos procesos de recuperación de minerales y múltiples oportunidades que todavía no hemos dimensionado suficientemente.
Pero la innovación no puede avanzar si la inversión permanece detenida. Necesitamos mecanismos de estabilidad e invariabilidad tributaria de largo plazo para proyectos de gran envergadura. En minería, donde las inversiones tienen horizontes de décadas, 25 años pueden no ser suficientes. También es clave recuperar capacidad exploratoria. Un Plan Nacional de Exploración y Sondajes permitiría generar nuevo conocimiento geológico, ampliar la base minera del país y abrir oportunidades para nuevos proyectos.
En esa misma línea, toda la información histórica disponible de campañas y proyectos de exploración debería estar concentrada en una plataforma pública de Sernageomin. Reducir las asimetrías de información facilita la evaluación de oportunidades, disminuye la especulación y permite tomar mejores decisiones.
Igualmente, debemos mirar aquellos territorios que hoy permanecen restringidos para la actividad minera, incluidos terrenos fiscales y de las Fuerzas Armadas, particularmente en zonas fronterizas. Un llamado internacional a explorar estas áreas podría evaluarse bajo criterios estrictos de seguridad, medioambiente y soberanía.
La innovación, además, necesita capital. Chile requiere desarrollar una verdadera industria de capital de riesgo minero, capaz de acompañar a las compañías junior y a los proveedores tecnológicos durante períodos mucho más largos que los habituales en otros sectores.
La minería tiene ciclos de desarrollo, requerimientos de capital y niveles de riesgo que no siempre calzan con los instrumentos tradicionales para startups. Por eso también deberíamos contar con líneas específicas de financiamiento para proveedores, emprendedores y startups mineras, diseñadas considerando precisamente esas características.
Además, si queremos innovación, no podemos esperar que una empresa invierta en personas, maquinaria, tecnología y productividad pensando en contratos que duran poco tiempo. Debemos avanzar hacia relaciones contractuales de largo plazo -por ejemplo, de siete años o más- que permitan planificar inversiones y compartir los beneficios de una mayor productividad.
Finalmente, la modernización tecnológica requiere incentivos. Debemos favorecer la incorporación de electromovilidad, automatización, eficiencia energética, reducción de emisiones y economía circular. Incluso podríamos pensar en una suerte de “restricción vehicular al revés” para la minería: incentivar el retiro de equipos antiguos, contaminantes e ineficientes y premiar su reemplazo por maquinaria moderna.
A esto se suman medidas más concretas, como la depreciación acelerada para bienes de capital productivos, revisar el mecanismo de pago del IVA de importación para evitar impactos innecesarios sobre el capital de trabajo e incentivar la compra, mantención y renovación de maquinaria en regiones, fortaleciendo así los servicios técnicos y las cadenas de valor locales.