El cine suele buscar la lógica del espacio y el tiempo, pero hay obras que nacen para dinamitar las leyes de la física y la cordura. Alicia en el país de las maravillas, estrenada por Walt Disney a principios de la década de los cincuenta, sigue siendo el ejercicio de surrealismo pop más audaz de la historia del estudio. Detrás de sus paradojas lingüísticas y sus personajes desquiciados, se esconde una película que se experimenta como una fiebre biológica. Al cruzar la madriguera del Conejo Blanco, Alicia no solo cae en un mundo al revés; cae en una trampa sensorial donde las cosas cambian de tamaño, textura y sonido sin previo aviso. La cinta activa nuestros cinco sentidos para recordarnos el fascinante, y a veces aterrador, peso de la imaginación pura.