Pia Arismendi

El cine suele buscar la lógica del espacio y el tiempo, pero hay obras que nacen para dinamitar las leyes de la física y la cordura. Alicia en el país de las maravillas, estrenada por Walt Disney a principios de la década de los cincuenta, sigue siendo el ejercicio de surrealismo pop más audaz de la historia del estudio. Detrás de sus paradojas lingüísticas y sus personajes desquiciados, se esconde una película que se experimenta como una fiebre biológica. Al cruzar la madriguera del Conejo Blanco, Alicia no solo cae en un mundo al revés; cae en una trampa sensorial donde las cosas cambian de tamaño, textura y sonido sin previo aviso. La cinta activa nuestros cinco sentidos para recordarnos el fascinante, y a veces aterrador, peso de la imaginación pura.



El tecnicolor delirante y el choque de las paradojas: Vista y Oído


Visualmente, la película es una obra maestra del diseño conceptual, fuertemente influenciada por el arte vanguardista de Mary Blair. El aburrido y plano paisaje inglés del inicio, dominado por verdes suaves y el siena de las orillas del río, estalla en una paleta cromática delirante al descender al País de las Maravillas:


La estética del absurdo: La pantalla se inunda de fucsias incandescentes, morados profundos y verdes ácidos que desafían la lógica de la naturaleza. Los fondos cambian de color según el estado de ánimo de la escena; la oscuridad de la noche del gato de Cheshire es un lienzo negro donde flotan unos ojos amarillos y una sonrisa rosa hipnótica.


La rigidez real: Este caos cromático alcanza su clímax geométrico en el jardín de la Reina de Corazones, un laberinto simétrico y tenso de setos verdes salpicados por el rojo violento de las rosas pintadas a mano.


A nivel auditivo, la película es una sinfonía de la cacofonía y el ritmo. El diseño sonoro equilibra el tic-tac metálico, acelerado y seco del reloj de bolsillo del Conejo Blanco con los efectos de sonido elásticos del slapstick: el silbido del aire cuando Alicia se encoge, el estruendo de los fuegos artificiales de la mermelada en la fiesta del Sombrerero Loco y el siseo agudo y silbante del humo del hongo de la Oruga. Toda esta riqueza acústica se corona con canciones que operan como trabalenguas musicales, donde los coros de flores cantan con una textura limpia y cristalina que contrasta con la voz rota, ruidosa y desquiciada de la Liebre de Marzo.


"Alicia no solo se pierde en un laberinto de palabras; se pierde en una sinestesia constante donde la vista engaña al tacto, el oído saborea el absurdo y el aire huele a té caliente mezclado con el aroma de la locura organizada".


El hongo que encoge y el tacto de la ingravidez: Tacto y Olfato


El tacto es el sentido que mide la vulnerabilidad de la protagonista frente a las reglas inmutables de su entorno. Alicia pasa de la comodidad lisa de su realidad victoriana a un choque táctil constante. Casi podemos sentir la textura porosa y húmeda de las paredes de la madriguera mientras cae, la lisura fría de la llave de oro sobre la mesa de cristal y la textura rugosa y suave del hongo mágico entre sus dedos.


El tacto se vuelve angustiante cuando Alicia crece dentro de la casa del Conejo Blanco: sentimos la rigidez de la madera presionando sus hombros y la claustrofobia de un cuerpo demasiado grande para su espacio. En contraposición, flotar dentro de un mar de sus propias lágrimas dentro de un frasco de vidrio transmite una ligereza líquida e ingrávida que sacude la pantalla.


El olfato, por su parte, satura el aire con una mezcla de aromas domésticos y exóticos. El bosque de las maravillas no huele a naturaleza limpia; huele a humedad de jardín cerrado, al perfume dulce y abrumador de las rosas del rosal real y al humo espeso, denso y balsámico que la Oruga exhala formando letras en el aire. Este aire misterioso se condensa hacia el tercer acto en el aroma reconfortante de la Fiesta de No Cumpleaños: un perfume a té negro humeante, hojas de menta y el dulzor tibio de los pasteles recién horneados que flotan sobre la mesa interminable.


El sabor del misterio y la acidez de la realeza: El Gusto


El gusto se convierte en el motor dramático fundamental de las transformaciones de Alicia, transformando el paladar en la puerta de entrada a lo extraordinario. Las papilas gustativas del espectador se activan ante las golosinas más icónicas del cine:


La textura líquida y el sabor azucarado de la botella con la etiqueta "Bébeme", evoca una mezcla de tarta de cerezas, natillas y pan tostado caliente.


La textura crujiente de las galletitas con la palabra "Cómeme", que dejan en la boca el sabor dulce y seco de la masa horneada que instantáneamente altera su fisonomía.


El sabor amargo de la prisa y la tensión en la mesa del Sombrerero Loco, donde el té nunca llega a consumirse del todo y los platos se rompen antes de saborear los bocadillos.


Al final de la historia, cuando Alicia es perseguida por la corte de naipes y el mundo del sinsentido colapsa a su alrededor, el gusto abandona la dulzura artificial de los pasteles mágicos para recuperar el sabor amargo de la pesadilla y, finalmente, la frescura limpia y reconfortante del aire libre al despertar bajo el árbol del jardín de su hermana.


Alicia en el país de las maravillas sigue siendo una cumbre incontestable de la historia de la animación porque Walt Disney entendió que el absurdo literario no debía ser una lectura intelectual, sino una experiencia física. Al equilibrar el destello de los colores de Mary Blair con la rigidez de una casa que aprisiona un cuerpo gigante, y el aroma a té de menta con el sabor de una galleta mágica, la película se transforma en un viaje inmersivo orgánico que no ha envejecido un solo día. Un clásico imprescindible que nos recuerda que, a veces, hay que dejar de buscarle el sentido a las cosas para empezar a sentirlas con todos los sentidos bien abiertos.


Mi nota: 5/5 estrellas.

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