En el cine de los noventa, reunir a dos estrellas en el punto más alto de sus carreras podría resultar en una lucha de egos o en una alquimia inolvidable. En Hechizo de amor (Practical Magic, 1998), la química entre Sandra Bullock (Sally) y Nicole Kidman (Gillian) perteneció decididamente al segundo grupo. La convicción con la que ambas interpretan a dos hermanas unidas por un vínculo inquebrantable no fue producto del azar ni del montaje: nació de una profunda afinidad personal, una preparación actoral compartida y una dinámica de rodaje donde la complicidad real se trasvasó directamente a la pantalla.