Pia Arismendi

Hay películas que definen una época por su pirotecnia visual, y luego están las obras maestras que se instalan en nuestra biografía porque son capaces de hacernos recordar cómo se sentía el mundo cuando éramos niños. E.T., el extraterrestre, la joya de la corona de Steven Spielberg, es el testimonio definitivo de este cine corpóreo y analógico. Spielberg no nos cuenta una historia de ciencia ficción desde la distancia clínica de los científicos; nos encierra en la altura y la sensibilidad de un niño de diez años. A través de un uso magistral de la atmósfera suburbana, la cinta activa nuestros cinco sentidos para recordarnos el peso, el aroma y el calor de la verdadera conexión.



El resplandor en la penumbra del clóset: Vista y Oído


Visualmente, la película es una clase magistral del uso del claroscuro y la perspectiva. Spielberg y su director de fotografía, Allen Daviau, sitúan la cámara casi siempre a la altura de los ojos de Elliott, transformando los espacios cotidianos en lugares de misterio.


El contraste de la inocencia: El clóset de Elliott, un laberinto saturado de juguetes, se ilumina con hilos de luz dorada que rebotan en los peluches, el escondite perfecto donde el rojo ardiente e hipnótico del corazón de E.T. brilla con una calidez casi palpable.


La amenaza exterior: En contraposición, el mundo de los adultos es una composición de sombras alargadas, linternas que cortan la neblina del bosque con un blanco frío y cegador, y trajes de astronauta lisos y estériles que reflejan una luz clínica y hostil.


A nivel auditivo, la película es un banquete de texturas que transita entre lo mundano y lo celestial. El diseño sonoro de Charles L. Campbell logra que el oído perciba el crujido rítmico y seco de las hojas cuando E.T. camina por el bosque, el susurro áspero de su voz al pronunciar sus primeras palabras, y el chasquido electrónico de los juguetes con los que Elliott intenta comunicarse. Toda esta riqueza acústica encuentra su apogeo en la inmortal partitura de John Williams: esas cuerdas y vientos que rugen en los oídos con la fuerza de la libertad pura mientras las bicicletas levantan el vuelo frente a un sol poniente.


"E.T. funciona porque la distancia cósmica se procesa a través del frío de la noche y el eco de las linternas en el bosque, pero la amistad se descubre en la calidez de una frente contra otra y en el sonido de un latido compartido".


La aspereza de las garras y el olor a pino: Tacto y Olfato


El tacto es el sentido que vertebra la empatía pura de la película. A través de la pantalla, casi podemos sentir la textura de los personajes: la piel arrugada, rugosa y húmeda de E.T. —que evoca la textura de una criatura milenaria pero frágil— frente a la suavidad de las sábanas de Elliott y la calidez de sus manos infantiles. El clímax táctil ocurre a través de un simple dedo: el roce sutil, eléctrico y brillante de la punta del dedo de E.T. sanando la herida de Elliott, o el frío metálico de los instrumentos médicos que intentan revivirlo en el tercer acto, una secuencia donde la rigidez del plástico y el metal transmite una angustia claustrofóbica.


El olfato, por su parte, inunda la atmósfera de la película con una nostalgia suburbana inconfundible. La aventura huele a tierra mojada, a hojas secas de otoño y al aroma resinoso de los pinos del bosque californiano bajo la niebla. Este olor a naturaleza limpia y misteriosa choca de frente con los aromas del hogar: el olor dulce a galletas recién horneadas, el aroma a ropa limpia en el clóset y, hacia el tramo final, el olor a ozono y desinfectante industrial que traen consigo los científicos que invaden la casa, rompiendo el santuario olfativo de la infancia.


El sabor de la complicidad y la efervescencia de los dulces: El Gusto


Incluso el gusto se convierte en un motor dramático y cómico fundamental en la relación entre el niño y el visitante. La película nos hace partícipes de los sabores más puros y azucarados de la niñez de los ochenta:


La textura crujiente y el dulzor artificial de los chocolates Reese's Pieces que Elliott deja en el suelo como un rastro de pan moderno, el combustible de su primer encuentro.


El sabor amargo y la efervescencia burbujeante de la cerveza que E.T. consume por error de la nevera, conectando instantáneamente su paladar con el de Elliott en una secuencia de sinestesia cómica excelente.


La frescura cotidiana de la pizza compartida con los amigos en el garaje, el sabor de una tarde de juegos interrumpida por lo extraordinario.


El gusto en esta película es el medidor de la conexión biológica y emocional. Saborear lo mismo es, para Elliott y E.T., la prueba definitiva de que sus almas se han trenzado en un solo latido, haciendo que el dolor del final sea tan amargo, pero el recuerdo de la experiencia sea imborrable.


E.T., el extraterrestre sigue siendo una obra maestra incontestable del cine mundial porque Steven Spielberg entendió que para hacernos creer en los milagros del espacio, primero tenían que hacérnoslos sentir en la piel. Al equilibrar el destello del corazón flotante con la calidez de un cuarto de juguetes, y el aroma del bosque otoñal con el sabor de unos dulces compartidos, la película se transforma en una experiencia inmersiva orgánica que se queda grabada en todos nuestros sentidos. Un clásico inmortal que nos recuerda que, no importa cuán lejos miremos las estrellas, el viaje más importante siempre se mide con la sensibilidad del corazón.


Mi nota: 5/5 estrellas.

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