El cine de terror contemporáneo parece obsesionado con intelectualizar el miedo. Buscamos traumas generacionales, metáforas sobre el duelo o alegorías políticas detrás de cada sombra en la pantalla. Por eso, encontrarse con una propuesta como Dolly, dirigida por Rod Blackhurst (Here Alone), se siente como un cubetazo de agua fría... o mejor dicho, de leche rancia. Blackhurst prescinde de los discursos elegantes y nos arroja de cabeza a un pozo de inmundicia física y psicológica que apela directamente al estómago.