Pia Arismendi

El cine de terror contemporáneo parece obsesionado con intelectualizar el miedo. Buscamos traumas generacionales, metáforas sobre el duelo o alegorías políticas detrás de cada sombra en la pantalla. Por eso, encontrarse con una propuesta como Dolly, dirigida por Rod Blackhurst (Here Alone), se siente como un cubetazo de agua fría... o mejor dicho, de leche rancia. Blackhurst prescinde de los discursos elegantes y nos arroja de cabeza a un pozo de inmundicia física y psicológica que apela directamente al estómago.


La premisa roza lo bizarro: Macy (Fabianne Therese), una joven a punto de comprometerse, es secuestrada en los bosques de Tennessee por una figura colosal que usa una máscara rota de porcelana y ropas infantiles andrajosas. Este "monstruo", interpretado magistralmente por la estrella del wrestling Max the Impaler, no busca devorarla ni torturarla en el sentido tradicional; su objetivo es mucho más perturbador: meterla en una cuna gigante y criarla como si fuera su propia hija.



La textura del asco y el regreso al pañal


Lo primero que golpea al espectador en Dolly es su atmósfera. Filmada en unos granulados e incómodos 16 mm, la película renuncia a la pulcritud digital para abrazar la herencia del horror setentero de directores como Tobe Hooper. Aquí casi se puede oler la descomposición. Blackhurst construye un infierno doméstico tapizado de moscas, comida rancia, muñecas rotas y fluidos corporales.


Sin embargo, el verdadero acierto de la columna vertebral del film no es la suciedad ambiental, sino la degradación psicológica de la regresión forzada:


La pérdida absoluta de agencia: Ver a una mujer adulta reducida a la fuerza a la indefensión de un lactante es una de las dinámicas de sumisión más retorcidas que ha dado el género recientemente.


El juego de roles como supervivencia: Macy comprende rápido que para no terminar como los cadáveres decapitados del jardín, debe jugar el juego. Debe balbucear, someterse y dejarse alimentar. La tensión no nace de si el monstruo va a saltar desde el armario, sino de qué pasará si la "bebé" desobedece las reglas de la casa.


Una presencia imponente: Max the Impaler, sin pronunciar una sola palabra y detrás de una máscara fija, proyecta una mezcla indisoluble de amenaza brutal y una retorcida e infantil vulnerabilidad que desarma al espectador.


Entre el gore francés y la América profunda


La propuesta visual de Blackhurst camina sobre una delgada línea que une la violencia explícita del New French Extremity con el aislamiento rural de The Texas Chainsaw Massacre. El sufrimiento físico de los personajes secundarios —como el destino del novio de Macy, interpretado por un sorpresivo Seann William Scott alejado por completo de la comedia— es explícito y doloroso, pero funciona como el recordatorio constante del peligro real que corre la protagonista dentro de esa guardería de pesadilla.


Si algo se le puede reprochar a la columna narrativa de Dolly, es que el guion a veces se muestra demasiado tacaño con las respuestas. Hacia la mitad del metraje, cuando introduce ciertas dinámicas familiares de la criatura, la historia amaga con expandir su propia mitología, para luego replegarse y volver a encerrarnos en las cuatro paredes de la locura.


Dolly es una experiencia profundamente sensorial y repelente, una película que no busca caerte bien ni dejarte un mensaje reconfortante sobre la resiliencia humana. Es un recordatorio de que el horror, en su estado más puro, es aquello que te hace apartar la mirada de la pantalla mientras te revuelve las entrañas. No es una película para estómagos sensibles, pero para quienes extrañaban el terror que se atreve a ser verdaderamente sucio, grotesco e incómodo, este perturbador drama de "maternidad" es una parada obligatoria.


Eso sí, te aseguro que tardarás unos días en volver a ver una muñeca antigua con los mismos ojos.


Mi nota: 4/5 estrellas.

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