Cuando pensamos en Monsters, Inc. (Pete Docter), la memoria suele ir directa a la entrañable química entre Sulley y Mike, o al ingenio de una sociedad que funciona con la energía de los gritos infantiles. Sin embargo, a veinticinco años de su estreno, el verdadero triunfo de esta joya de Pixar radica en su asombrosa capacidad para tangibilizar lo imposible. El universo de Monstrópolis no se siente como un frío renderizado digital; se percibe como un lugar denso, vivo y texturizado, capaz de activar cada uno de nuestros cinco sentidos para hacernos olvidar que lo que estamos viendo es, en realidad, pura fantasía.

Cuando pensamos en Buscando a Nemo (Andrew Stanton), solemos recordar la brillantez de su narrativa sobre la paternidad, los miedos irracionales y la resiliencia. Sin embargo, el verdadero triunfo técnico e histórico de esta obra maestra de Pixar fue su capacidad para sumergirnos físicamente en un medio hostil al ser humano: el agua. El océano de Stanton no es solo un fondo azul bonito; es un ecosistema vivo que asalta nuestros cinco sentidos, obligándolos a experimentar la inmensidad marina no como espectadores, sino como criaturas que respiran bajo la superficie.

El prólogo de Up es, por derecho propio, uno de los hitos más deslumbrantes de la historia del cine. En apenas cuatro minutos y sin una sola línea de diálogo, se nos narra la vida entera de Carl y Ellie. Pero lo que a menudo pasamos por alto es que esa secuencia, y la película entera de Pete Docter, no solo golpea nuestro corazón por su guión, sino por su extraordinaria capacidad para evocar el paso del tiempo a través de un viaje sensorial. Up es una obra que se siente en la piel, una producción donde los cinco sentidos operan como el verdadero hilo conductor entre el peso del pasado y la ligereza de la libertad.

Es fácil analizar Toy Story desde el impacto tecnológico que significó ser el primer largometraje animado completamente por computadora, o desde la milimétrica brillantez de su guión sobre los celos y la identidad. Sin embargo, el verdadero milagro de la película de John Lasseter es su capacidad para evocar una nostalgia táctil y corpórea. No nos conmueve solo porque nos recuerde lo que era jugar; nos sacude porque nos hace recordar, a través de los cinco sentidos, a qué olía, qué gusto tenía y cómo se sentía la infancia.

Hayao Miyazaki nos ha regalado cielos infinitos a lo largo de su carrera. Desde los planeadores en Nausicaä hasta las naves de Porco Rosso, el vuelo ha sido siempre su metáfora favorita para la libertad, la infancia y la magia. Sin embargo, en Se levanta el viento (Kaze Tachinu), el director japonés aterriza sus fantasías en la dura realidad histórica para entregarnos su película más madura, melancólica y, quizás, incomprendida. Esta no es una fábula de fantasía; es un lienzo biográfico sobre Jiro Horikoshi, el hombre que diseñó los aviones de combate japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, y una desgarradora reflexión sobre la belleza corrompida por el destino.

Pedro Almodóvar lleva décadas transformando sus obsesiones, dolores y fantasmas en patrimonio del cine mundial. Sin embargo, con Amarga Navidad, el director manchego da un paso hacia un terreno mucho más áspero y descarnado que de costumbre. Si en Dolor y Gloria el ejercicio de la autoficción (mezclar la biografía del autor con la ficción) se sentía como una reconciliación nostálgica con el pasado, aquí el tono es de una honestidad casi incómoda. Almodóvar no busca seducirnos; busca cuestionar el costo ético y emocional de devorar la realidad para alimentar al arte.

El cine chileno contemporáneo ha encontrado en el desierto nortino un lienzo infinito para filmar la soledad, pero pocas veces ese territorio hostil y agrietado se había transformado en un escenario de resistencia tan devastador como en La misteriosa mirada del flamenco. El largometraje debut de Diego Céspedes, ampliamente elogiado en el circuito internacional, no es solo un drama de época; es una fábula lírica y feroz sobre el nacimiento del miedo y los bordes donde el afecto se convierte en un acto de valentía suicida.

El cine de terror contemporáneo parece obsesionado con intelectualizar el miedo. Buscamos traumas generacionales, metáforas sobre el duelo o alegorías políticas detrás de cada sombra en la pantalla. Por eso, encontrarse con una propuesta como Dolly, dirigida por Rod Blackhurst (Here Alone), se siente como un cubetazo de agua fría... o mejor dicho, de leche rancia. Blackhurst prescinde de los discursos elegantes y nos arroja de cabeza a un pozo de inmundicia física y psicológica que apela directamente al estómago.

Hay algo intrínsecamente terrorífico en las carreteras solitarias. Kilómetros de asfalto rodeados de nada, donde la civilización se reduce al habitáculo de tu vehículo y la radio es tu única compañía. El director noruego André Øvredal (The Autopsy of Jane Doe, Trollhunter) lo sabe perfectamente, y en El pasajero del diablo, transforma la idílica fantasía de la van life —la aventura juvenil de recorrer el mundo en furgoneta— en un infierno claustrofóbico sobre ruedas.

Protagonizada por Ester Expósito y Hugo Diego García, la primera parte de la bilogía Enfrentados llegará a Prime Video en exclusiva.

Existe un viejo dicho en el cine de terror que dice que no hay nada más peligroso que un hombre desesperado con acceso a lo sobrenatural. El director Curry Barker lo sabe, y con su aclamado debut cinematográfico Obsesión, ha tomado el gastadísimo clásico literario de "La pata de mono" (el clásico “cuidado con lo que deseas”) para transformarlo en una de las pesadillas psicológicas más incómodas, retorcidas y fascinantes de los últimos años.

El cine iraní contemporáneo se ha caracterizado históricamente por su capacidad única de transformar los dilemas domésticos en radiografías afiladas de su sociedad. Con "Ella y su hijo", el aclamado cineasta Saeed Roustaee vuelve a demostrar por qué es una de las voces más vigorosas e imprescindibles del panorama actual. Dejando temporalmente de lado el ritmo frenético de los suburbios y el narcotráfico que vimos en Just 6.5 o los laberintos financieros de Leila's Brothers, Roustaee se sumerge aquí en un drama íntimo, doloroso y profundamente sensitivo.