Una historia que combina humor, artes marciales, lucha libre plasmado en una película que se exhibirá en plataformas digitales (Prime Video)

Protagonizada por Ester Expósito y Hugo Diego García, la primera parte de la bilogía Enfrentados se estrenará en exclusiva en Prime Video el 9 de septiembre.

La secuela del fenómeno de acción y artes marciales regresa bajo la dirección de Simon McQuoid con Karl Urban como Johnny Cage y un elenco estelar.

La película, basada en la novela de Leonie Swann, está protagonizada por Hugh Jackman.

Cuando Los Increíbles llegó a los cines a mediados de los dos mil, el público quedó deslumbrado por su madurez argumental, su homenaje al cine de espías de los años sesenta y su brillante deconstrucción de la crisis de la mediana edad. Sin embargo, detrás del ritmo frenético de su guión se esconde una de las películas más físicas, corpóreas y sensoriales de Pixar. Brad Bird no sólo diseñó una aventura de superhéroes; construyó un universo hiper texturizado donde los cinco sentidos operan a máxima potencia, marcando el violento contraste entre la insipidez de la rutina suburbana y la electrizante adrenalina de la acción.

Cuando pensamos en Monsters, Inc. (Pete Docter), la memoria suele ir directa a la entrañable química entre Sulley y Mike, o al ingenio de una sociedad que funciona con la energía de los gritos infantiles. Sin embargo, a veinticinco años de su estreno, el verdadero triunfo de esta joya de Pixar radica en su asombrosa capacidad para tangibilizar lo imposible. El universo de Monstrópolis no se siente como un frío renderizado digital; se percibe como un lugar denso, vivo y texturizado, capaz de activar cada uno de nuestros cinco sentidos para hacernos olvidar que lo que estamos viendo es, en realidad, pura fantasía.

Cuando pensamos en Buscando a Nemo (Andrew Stanton), solemos recordar la brillantez de su narrativa sobre la paternidad, los miedos irracionales y la resiliencia. Sin embargo, el verdadero triunfo técnico e histórico de esta obra maestra de Pixar fue su capacidad para sumergirnos físicamente en un medio hostil al ser humano: el agua. El océano de Stanton no es solo un fondo azul bonito; es un ecosistema vivo que asalta nuestros cinco sentidos, obligándolos a experimentar la inmensidad marina no como espectadores, sino como criaturas que respiran bajo la superficie.

El prólogo de Up es, por derecho propio, uno de los hitos más deslumbrantes de la historia del cine. En apenas cuatro minutos y sin una sola línea de diálogo, se nos narra la vida entera de Carl y Ellie. Pero lo que a menudo pasamos por alto es que esa secuencia, y la película entera de Pete Docter, no solo golpea nuestro corazón por su guión, sino por su extraordinaria capacidad para evocar el paso del tiempo a través de un viaje sensorial. Up es una obra que se siente en la piel, una producción donde los cinco sentidos operan como el verdadero hilo conductor entre el peso del pasado y la ligereza de la libertad.

Es fácil analizar Toy Story desde el impacto tecnológico que significó ser el primer largometraje animado completamente por computadora, o desde la milimétrica brillantez de su guión sobre los celos y la identidad. Sin embargo, el verdadero milagro de la película de John Lasseter es su capacidad para evocar una nostalgia táctil y corpórea. No nos conmueve solo porque nos recuerde lo que era jugar; nos sacude porque nos hace recordar, a través de los cinco sentidos, a qué olía, qué gusto tenía y cómo se sentía la infancia.

Hayao Miyazaki nos ha regalado cielos infinitos a lo largo de su carrera. Desde los planeadores en Nausicaä hasta las naves de Porco Rosso, el vuelo ha sido siempre su metáfora favorita para la libertad, la infancia y la magia. Sin embargo, en Se levanta el viento (Kaze Tachinu), el director japonés aterriza sus fantasías en la dura realidad histórica para entregarnos su película más madura, melancólica y, quizás, incomprendida. Esta no es una fábula de fantasía; es un lienzo biográfico sobre Jiro Horikoshi, el hombre que diseñó los aviones de combate japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, y una desgarradora reflexión sobre la belleza corrompida por el destino.

Pedro Almodóvar lleva décadas transformando sus obsesiones, dolores y fantasmas en patrimonio del cine mundial. Sin embargo, con Amarga Navidad, el director manchego da un paso hacia un terreno mucho más áspero y descarnado que de costumbre. Si en Dolor y Gloria el ejercicio de la autoficción (mezclar la biografía del autor con la ficción) se sentía como una reconciliación nostálgica con el pasado, aquí el tono es de una honestidad casi incómoda. Almodóvar no busca seducirnos; busca cuestionar el costo ético y emocional de devorar la realidad para alimentar al arte.

El cine chileno contemporáneo ha encontrado en el desierto nortino un lienzo infinito para filmar la soledad, pero pocas veces ese territorio hostil y agrietado se había transformado en un escenario de resistencia tan devastador como en La misteriosa mirada del flamenco. El largometraje debut de Diego Céspedes, ampliamente elogiado en el circuito internacional, no es solo un drama de época; es una fábula lírica y feroz sobre el nacimiento del miedo y los bordes donde el afecto se convierte en un acto de valentía suicida.