El cine es, por definición, un medio audiovisual. Vemos fotogramas, escuchamos bandas sonoras, pero la comida pertenece al terreno de lo corpóreo, de lo que se muerde y se huele. Por eso, el logro de Brad Bird con Ratatouille roza lo milagroso: construir una obra maestra donde el espectador no solo asiste a una divertida fábula sobre un roedor con aspiraciones de chef, sino que es capaz de saborear y oler París a través de una pantalla de cine. La película es una declaración de amor a la cocina entendida como el arte sensorial definitivo, aquel capaz de conectar de golpe nuestros cinco sentidos con el alma.