Pia Arismendi

El cine es, por definición, un medio audiovisual. Vemos fotogramas, escuchamos bandas sonoras, pero la comida pertenece al terreno de lo corpóreo, de lo que se muerde y se huele. Por eso, el logro de Brad Bird con Ratatouille roza lo milagroso: construir una obra maestra donde el espectador no solo asiste a una divertida fábula sobre un roedor con aspiraciones de chef, sino que es capaz de saborear y oler París a través de una pantalla de cine. La película es una declaración de amor a la cocina entendida como el arte sensorial definitivo, aquel capaz de conectar de golpe nuestros cinco sentidos con el alma.



El brillo de París y la música de los fogones: Vista y Oído


Visualmente, la película traza un contraste poético entre dos mundos. El París de Remy no es una postal estática; es un festín texturizado. Transitamos de la oscuridad húmeda, gris y marrón de las alcantarillas al destello dorado, cobrizo y vibrante de las cocinas de Gusteau 's. Los ingredientes entran por los ojos con un realismo impecable: el brillo satinado de una salsa bien emulsionada, la textura aterciopelada de un tomate maduro o el verde fresco y picado de las hierbas aromáticas cayendo sobre una olla en ebullición.


A nivel auditivo, la película abandona el ruido ensordecedor de las grandes animaciones para concentrarse en la sutil música de un restaurante de alta cocina:


El crujido rítmico, seco y perfecto de la corteza de un pan recién horneado al ser presionado.


El burbujeo denso y perezoso de una sopa que se reduce a fuego lento.


El tintineo metálico de los cuchillos contra la tabla de picar y el siseo del vino blanco al tocar una sartén ardiente.


Toda esta sinfonía de texturas sonoras está envuelta por la bellísima partitura de Michael Giacchino, que utiliza el acordeón y el jazz de forma tan fluida como Remy mezcla sus ingredientes.


"Cualquiera puede cocinar, nos dice Gusteau, pero la genialidad de la película radica en hacernos entender que cocinar es, antes que nada, aprender a sentir el mundo sin anestesia".


La sinestesia del sabor y el aroma de la genialidad: Gusto y Olfato


El gusto y el olfato son, evidentemente, los directores de orquesta de esta historia. La película alcanza su punto cumbre de genialidad cuando Remy le enseña a su hermano Emile a entender el sabor. Al morder un trozo de queso curado y combinarlo con una fresa silvestre, la animación se transforma en un ejercicio visual de sinestesia: luces de colores, espirales y notas musicales estallan en el fondo negro, explicando cómo dos sabores individuales crean una tercera dimensión gustativa completamente nueva.


El olfato actúa como la brújula interna de Remy. Mientras el resto de su colonia devora basura rancia y podrida, el olfato de nuestro protagonista busca la excelencia: el aroma penetrante del queso de cabra, la fragancia dulce del romero o el perfume ahumado de un hongo asado al fuego. Es el olor lo que lo guía por los techos de París y lo que le permite diagnosticar, con solo una bocanada de aire sobre el vapor, que una sopa ha sido arruinada por un aprendiz descuidado.


La textura de la resistencia y el viaje en el tiempo: Tacto


El tacto en Ratatouille define el control y la técnica. Sentimos la diferencia entre las manos torpes y sudorosas de Linguini y la precisión milimétrica de Remy, quien maneja los utensilios con la punta de sus pequeñas garras. Casi podemos percibir el calor del vapor golpeando el rostro de los cocineros, la textura sedosa de una crema o la firmeza de un buen vegetal.


Pero el clímax sensorial y emocional de la película ocurre a través del tacto de la comida en el paladar del temible crítico Anton Ego. Al probar el humilde plato de ratatouille —esa torre perfectamente horneada de calabacín, berenjena y pimiento—, la textura y el sabor operan como un resorte temporal. En un segundo, la película nos hace sentir el quiebre de la rigidez de Ego, transportándose directamente a su infancia: el olor de la cocina de su madre, la calidez de un hogar rústico y el sabor reconfortante de un plato preparado con amor tras un día triste.


Ratatouille es un triunfo incontestable porque demuestra que el cine de animación puede ser tan sofisticado, maduro y texturizado como la mejor de las cenas de autor. Al activar nuestra memoria gustativa y olfativa con tanta maestría, Pixar no solo nos regala una historia entrañable sobre la superación; nos recuerda que los cinco sentidos son las puertas de entrada a nuestros recuerdos más sagrados y que una buena comida, al igual que el buen cine, tiene el poder de ablandar hasta al más duro de los corazones.


Mi nota: 5/5 estrellas.

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