Asomarse a la existencia con la mirada expandida es comprender que el universo no comete errores de cálculo. No hay caos en las estrellas ni azar en el latido del pecho; lo que hay es un trazado invisible, una arquitectura perfecta que sostiene el Todo. Hablar de la geometría sagrada de una conciencia unificada es adentrarse en el misterio donde la ciencia, la espiritualidad, la verdad y la vida se funden en un solo trazo de luz. Es entender que somos, al mismo tiempo, el compás que dibuja y la línea dibujada.
Asomarse al presente es comprender que no estamos viviendo una época de cambios, sino un cambio de época definitivo. El suelo bajo nuestros pies, ese tejido de certezas que dábamos por sentado, se está agrietando para dar paso a una marea subterránea que empuja con fuerza: el despertar cósmico. Vivimos el colapso de las viejas verdades antropocéntricas, el desmoronamiento de esa hegemonía mental que nos hizo creer, por siglos, que el ser humano era la medida de todas las cosas y el centro exclusivo del drama universal.
Hayao Miyazaki nos ha regalado cielos infinitos a lo largo de su carrera. Desde los planeadores en Nausicaä hasta las naves de Porco Rosso, el vuelo ha sido siempre su metáfora favorita para la libertad, la infancia y la magia. Sin embargo, en Se levanta el viento (Kaze Tachinu), el director japonés aterriza sus fantasías en la dura realidad histórica para entregarnos su película más madura, melancólica y, quizás, incomprendida. Esta no es una fábula de fantasía; es un lienzo biográfico sobre Jiro Horikoshi, el hombre que diseñó los aviones de combate japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, y una desgarradora reflexión sobre la belleza corrompida por el destino.