El sentido común es, paradójicamente, el más huérfano de los sentidos. Solemos invocarlo como si fuera un suelo firme que todos pisamos, una brújula innata que nos protege del ridículo y de la crueldad. Pero al observar el pulso de nuestra sociedad actual, tan veloz, tan ruidosa, tan empeñada en la superficie, se hace evidente una verdad incómoda: el sentido común se ha vuelto un artículo de lujo, el menos común de los sentidos.