Pia Arismendi

La infancia debería oler a tierra mojada después de la lluvia, a lápices de cera, a fruta fresca madurada al sol y al refugio seguro de unas sábanas limpias. Debería ser un espacio donde el tiempo no se mide en horas, sino en la distancia de una carrera o en la altura de un salto. Sin embargo, cuando la guerra y la incertidumbre trazan las líneas del mapa, la niñez es obligada a crecer de golpe, a saltarse los capítulos más bellos de la existencia para aprender las reglas brutales de la supervivencia.


Es una contradicción feroz y dolorosa. Mientras el mundo adulto se empeña en destruir, en levantar muros y en hacer estallar el cielo con el ruido ensordecedor del odio, los niños habitan las ruinas intentando rescatar los pedazos de su realidad.


El juego como trinchera y resistencia


Hay algo profundamente conmovedor y, a la vez, desgarrador en la capacidad de resistencia de un niño. En medio del paisaje gris de los escombros o en el hacinamiento de un refugio improvisado, la niñez insiste en ser niñez. Un cartón arrugado se convierte en un escudo, una piedra pulida en un tesoro escondido, y una caricia en medio de la tormenta en el hogar entero.


Ese instinto no es solo distracción; es un acto de rebeldía pura. Los niños juegan en las zonas grises del mundo porque su fuego interno se niega a apagarse. Su imaginación es la última trinchera, el único lugar donde las bombas no pueden entrar y donde todavía es posible volar libre, lejos de la madurez forzada que los adultos les han impuesto.


El trauma de la guerra no solo destruye los edificios; destruye la previsibilidad del mañana. Un niño que crece en la incertidumbre aprende a desconfiar del silencio, porque sabe que a veces el silencio es el preludio del desastre. Aprende a mirar el cielo con miedo en lugar de con curiosidad.


Las manos que reciben los dibujos


Quienes hemos tenido el privilegio de mirar a los niños a los ojos en contextos difíciles sabemos que su generosidad es infinita. En las escuelas de campaña, en las comunidades vulnerables o en los rincones olvidados, un niño es capaz de regalarte un dibujo hecho con un trozo de carbón, un abrazo apretado que te desarma la estructura o una sonrisa limpia que no guarda rencor. En esos trazos de colores que resisten sobre el papel arrugado está la verdadera reserva moral de la humanidad.


Ellos nos entregan sus mundos de papel no porque ignoren el horror, sino porque su naturaleza es buscar la luz. Nos devuelven la fe que los adultos perdemos en el camino.


El deber de salvar el refugio


Cada vez que una crisis humanitaria arrastra la vida de un niño, cada vez que el miedo apaga la risa de una niña, la sociedad completa fracasa. No podemos acostumbrarnos a ver la infancia herida como el daño colateral de nuestras propias incapacidades colectivas. La niñez no es el futuro; es el presente inmediato y más frágil que tenemos entre las manos.


Nos urge ser el escudo de esos ojos que miran con asombro a pesar del espanto. Nos urge reconstruir un mundo donde ningún niño tenga que saber el nombre de un arma, donde la única incertidumbre sea saber a qué juego jugaremos mañana, y donde cada pequeño pueda conservar intacto ese polvo de estrellas con el que llegó al mundo.


Salvar la niñez en tiempos de oscuridad no es una opción política ni un debate estadístico; es el único camino para asegurar que, cuando la tormenta finalmente pase, todavía quede algo de humanidad que valga la pena rescatar.

Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.