La contingencia nos obliga a hablar de cifras: PIB, inflación, porcentajes de pobreza. Pero en el pulso acelerado de la vida diaria, el costo real de la desigualdad no es económico; es profundamente ontológico. Es la erosión lenta y sistemática de la humanidad en el ser humano. La pregunta central ya no es cuánto tiene una persona, sino cuánto de sí misma pierde cada día en el intento de sobrevivir.