La vida moderna ha perfeccionado un arte silencioso: el de la rutina inmutable. No es solo un calendario repetitivo, sino un profundo estado de introspección social, una capa protectora que hemos aceptado para navegar el día a día sin roces. En la vorágine de la ciudad, nos movemos con una eficiencia casi robótica, inmersos en el túnel de nuestros propios dispositivos, con los auriculares puestos no solo para escuchar música, sino para enviar un mensaje inequívoco: "No te entrometas".