Por años, Chile ha tenido una forma casi uniforme de construir viviendas, como si el desierto de Arica y los bosques lluviosos de Aysén compartieran las mismas necesidades térmicas. Una especie de negación geográfica que ha terminado cobrándonos caro: casas frías en el sur, calurosas en el norte, y un derroche energético que hoy ya no podemos permitirnos.